jueves, 16 de junio de 2011
Dafne
la tocó como un rayo.
Su alma fue llamada a una isla de luz
su cuerpo se transformaba en verdes ramas
cantantes
ebrias de puro ser.
Conoció el arrebato de nubes
indescriptibles
y la felicidad de nadar entre hojas de
diamante.
Una mirada de fuego
la sostenía sobre el abismo.
Moraba en la alegría de una fiesta
de niños y racimos.
La vida era un paso de danza
hacia el cerúleo mar resplandeciente.
La acompañan memorias encendidas
dalias de fuego
un viento
hecho de pájaros.
Déjala reposar entre fulgores
no temas por su muerte.
Graciela Maturo
martes, 14 de junio de 2011
POESÍA DE CÓRDOBA (4 POETAS)
Es ya un lugar común, para la crítica que se ocupa de la poesía cordobesa de esta última mitad del siglo, decir que ella, a diferencia de la de otras zonas del país, no presenta rasgos regionalistas. Sin embargo, hojeando las páginas de sus poetas más representativos podemos a veces percibir el influjo de un ámbito mediterráneo, montañés, en imágenes o motivos. Pero tales figuras no guardan, generalmente, sino un carácter simbólico. Las torres, las cumbres o los árboles que eventualmente delinean sus paisajes obran así como entidades angélicas, portadoras de una significación interior.
Se tiene, más bien, la sensación de una poesía vuelta sobre sí misma y, a la vez, sobre lo esencial humano. Poesía de claustro y universo, podríamos figurarnos a sus autores, como Antonio Machado a su Berceo, en la penumbra y el silencio de la celda, si ilustráramos también su innegable atención a la íntima problemática de la época. Quiero expresar que su dictado “non es de ioglaría”; se trata del de una exigencia espiritual- que pretenderemos sugerir a través de la brevísima consideración de algunos de sus poetas princicipales.
Así, por ejemplo, en Emilio Sosa López, el autor que mejor encarna la estética y la crisis de la modernidad. Como bien ha dicho Horacio Armani en un esclarecedor ensayo publicado en La Gaceta, su poesía" exhibe en los comienzos un hondo misticismo existencial que irá desapareciendo para tornarse una crítica mirada un análisis metafísico del ser " y - agreguemos - del siglo que le tocó vivir. En efecto, Sosa López examina nuestro tiempo, y su verbo se va convirtiendo, cada vez más, al avanzar su obra, en instrumento de esa indagación. Los resultados configuran, frecuentemente, visiones desoladas como la de este fragmento:
Anochece. Y el gran brillo de Occidente
cuaja su luz lechosa de neón.
Nosotros andamos entre esas blancas claridades
que demacran los rostros
y los convierten en piedra.
El corazón se endurece así hasta el crimen.
La noche no es más la noche bendita
del descanso, sino la desvelada pesadilla que acaba al amanecer.
Volvemos entonces
al giro continuo
de un tiempo que se devora a sí mismo.
Trascender ese tiempo, “que se devora a sí mismo ", es el ansia que mueve a Jorge Vocos Lescano, tan luego el poeta cordobés en que más notoriamente se percibe la voluntad de que el tiempo- y la peculiar emoción que suscita- circule en el interior del poema de manera sensible, vivencial, según lo quiere la estética machadiana. Uno de sus títulos - Con la figura, el temblor - define muy bien su poesía: la clásica plasticidad de la imagen y el estremecimiento romántico ante el fluir de las cosas, de la vida. Estamos, con él, muy lejos del esplendor fijo de la lógica; la salvación la otorga, paradójicamente, la palabra herida por la fugacidad, que ronda en torno a la evocación de Córdoba - símbolo de lo eterno, y también de un pasado que la nostalgia postula como paradisíaco :
Alguna vez- yo sé que está conmigo, y es la razón donde me sé más fuerte-ha de cambiar el viento de la suerte
y he de volver como antes a tu abrigo.
Puede que el puro sueño que persigo se cumpla sólo el día de la muerte. Cuando los ojos ya no puedan verte. Cuando no diga lo que ahora digo.
Pero es igual, igual, pues el desvelo, que es desvelo de sierra y campanario, está en el corazón, no tiene horario.
Yen este andar tan lejos de tu cielo sólo el volver se me hace necesario, volver es la medida del consuelo.
Ese retorno salvífico, el suyo, que de algún modo puede ser también el nuestro, busca lograr su fin, sin duda, mediante la virtud estética.
Osvaldo Pol, en cambio, sacerdote jesuita, confiere -así nos parece- el fundamento de la acción redentora de la poesía al hallazgo del más puro concepto moral. Su palabra, exigida en la ascesis, alcanza sin embargo una rara belleza. Casi sin imágenes, con ritmo apenas perceptible, el verso oscila entre la reflexión y la plegaria. Medita su día, emite su juicio y queda en disponibilidad para más altos tribunales:
Pero es igual, igual, pues el desvelo, que es desvelo de sierra y campanario, está en el corazón, no tiene horario.
Yen este andar tan lejos de tu cielo sólo el volver se me hace necesario, volver es la medida del consuelo.
Ese retorno salvífico, el suyo, que de algún modo puede ser también el nuestro, busca lograr su fin, sin duda, mediante la virtud estética.
Osvaldo Pol, en cambio, sacerdote jesuita, confiere -así nos parece- el fundamento de la acción redentora de la poesía al hallazgo del más puro concepto moral. Su palabra, exigida en la ascesis, alcanza sin embargo una rara belleza. Casi sin imágenes, con ritmo apenas perceptible, el verso oscila entre la reflexión y la plegaria. Medita su día, emite su juicio y queda en disponibilidad para más altos tribunales:
Tengo,
para mis altos tribunales,
que hacer la criba exacta de los días.
……………......................................
Nada fuera del juicio
necesario cuando llegue el momento de las claridades. Nada.
Ni siquiera estos versos
con sus palabras débiles de carne, con su anhelante rastro de belleza y plegaria.
Aquí debiera acabar, cumplidos ya los minutos que le han sido otorgados, esta exposición. Guardo la esperanza de que, a través de los pocos renglones leídos y especialmente a través de los versos de los poetas, cuya cita estimé inexcusable, ella haya permitido siquiera entrever cierto sentido unitario de la poesía de Córdoba, más allá de sus formas y visiones diversas. Sentido quizá emergente de su fe orientada a revertir el nihilismo de un " vivir sin imagen ", culpable de ese fruto verde, o vacío, que, según la metáfora de Rilke, el ángel desdeña en nuestra muerte.
Pero solicito de la benevolencia de los señores académicos unos segundos más "aún para confiar a otro poeta cordobés la clausura de estas páginas. A la ironía, la mesura, y el lirismo lacónico de Rodolfo Godino entrego la responsabilidad de un prudente final:
Dioses adecuados,
galas y furias trajimos aquí
y un espejo de luna favorable.
Sobre esta mesa la palabra explora y el oficio elude en el poema rastros de sombras coronadas.
(Como ellas seremos juzgados, señalada nuestra duda
como recto sendero,
nuestra certeza como veleidad, nuestras líneas de sangre
como exasperación del sentimiento.}
Bienvenida, materia real, ley del juego ~ llamada por alguien don celeste.
Alejandro Nicotra
Estas páginas fueron leídas por su autor en la Sesión Pública de la Academia Argentina de Letras realizada en San Miguel de Tucumán el 10 de Junio de 1998.
martes, 3 de mayo de 2011
Mujer dormida o dunas
Apenas unas dunas
que sobrevuela un pájaro
y un caballo contempla desde su blando límite.
Alrededor, el cielo. Las distancias.
Un sol sin sol, un viento oculto,
mueven su cálida respiración, apenas.
Uno sueña las fuentes.
Despertarlas con crines y con furias.
Cavar con cascos hasta el grito.
Sólo es posible
enredarse las alas en espinas
y morir.
Alejandro Nicotra
sábado, 30 de abril de 2011
El pan de las abejas
El pan de las abejas, la miel de todos,
Sopla el tiempo
sobre la galería de tu casa: nadie
sino la luz sorda, vacía,
entre pilares rotos.
Ni tu sombra, ni el rumor del poema
("El agua con racimos y la luz con abejas".
Patio sin parras. Seco aljibe.
Ayer,
la madre pasa con un plato de miel.
He visto las colmenas devastadas
y en el aire de marzo,
espacio azul,
el humo que subía desde los panales.
He visto al hombre enmascarado,
los torpes guantes,
y el pueblo de la brisa
y de la flor:
gota a gota,
los pequeños
cadáveres.
He visto al sapo gordo
saciado de saqueo.
Sopla el tiempo
desde la fresca sombra de las parras,
los cántaros, las flores. (El temblor
y la luz de las abejas.) Oigo
tu voz.
Un niño pasa con un plato de miel.
He visto las colmenas devastadas,
el humo por el aire de marzo.
Y he visto,
entre las ruinas y la sombra,
el pan hecho de sol;
quiero decir
lo sabes: vi tu muerte
y tu vida. (La galería rota
de tu casa, las páginas
doradas). Y mi vida
y mi muerte,
seguramente iguales.
Un hombre pasa con un plato de miel.
El pan de las abejas,
la miel de todos.
jueves, 28 de abril de 2011
Adioses
Las despedidas quedan en la voz.
Cualquier pequeño abismo
-no encontrar una calle
un silencio en medio de una fiesta
un saludo evasivo-
reabre el desamparo.
Ella partió de nuevo esta tarde
y la lejanía se ahondó como un mar.
Crujían en el viento los árboles
de la Terminal de Ómnibus
moviendo pájaros
como pañuelos.
Los adioses son pedazos
de piel
que se pegan para siempre
en la garganta.
Cuando ella regrese
mis palabras de bienvenida
irremediablemente
estarán despidiéndola.
Osvaldo Guevara
miércoles, 27 de abril de 2011
Niña Carmen
Niña Carmen: anoche he comido unas uvas
dulces
como sus ojos.
queme pone en los pies lejanías de barco.
Y me salieron al paso los racimos
de un parral numeroso
que lo rodea todo como una sombra verde.
que venía de no tocar tu pelo
fue tocando las uvas.
Mi boca desierta
que volvía de hablarle a usted
con la cautela con que una llovizna
se acerca a una paloma
fue comiendo las uvas
lentamente
sintiéndolas
perderse en mi garganta como imposibles besos
oyéndolas
penetrar en mi cuerpo y en mi vida
convertírseme en sangre
una sangre de miel y fuego suave
que cantará en mis venas para siempre.
uva
tras
uva
seguí yo en la escalera del hotel silencioso
a esa hora en que los huéspedes duermen
pesadamente
o se dejan estar
en un sopor insomne
recordando
olvidando
distintos
ni educados vulgares o feroces
con la brasa indolente del verano
en las respiraciones y las sábanas.
delgada
casi como una pena pero sin sufrimiento
entraba en mi memoria
mis manos
mi destino
(una sensación que iría conmigo hasta la pieza
y allí se quedaría
como un agazapado amanecer
hasta este día
este poema).
era una frescura de canción olvidada
de aire envolviéndome el corazón
como un agua
una luz
como una cabellera de mujer.
subía por las uvas
hasta empujar los racimos del azul con la frente.
enero
los zapatos
la escalera
los años y perjuicios
las habitaciones sordamente entreabiertas
el roce de la noche despierta como un pulso
el amor que no llovió en mi sed
las estrellas cansadas y espesas del verano.
tan lentamente dulces
tenían el aroma
el color
el sabor de sus ojos
Niña Carmen.
martes, 26 de abril de 2011
Rapsodia en blue
Un negro sopla una trompeta larga
como las tiras de su piel.
Sopla y sopla una trompeta roja
como el algodón del sur
que se tiznó con su sangre
y se empapó en su noche, para siempre.
Un negro sopla una trompeta blanca
como la hoguera de su risa.
Sopla y caen medallas.
Sopla y antiguos látigos se pudren.
Sopla
y una primavera furiosamente dulce
reparte flores negras sedientas como bocas
entre hombres de color, entre hombres de dolor,
entre niños de corazón descalzo,
entre oscuras mujeres de vientres luminosos.
La música del negro es más clara que el llanto.
Tiene fiebre de selva, amanecer de selva.
Tiene pisadas de ciudad,
maullidos de ciudad,
y ojos y uñas y besos de ciudad.
Tiene un amor tan húmedo y feroz
que la agazapada sonrisa del blanco retorna a su cubil
acosada
acusada por ese son eterno.
Osvaldo Guevara (Integrante de Revista Asueto)
